Se apagó la luz en mi balcón,
desapareció la esencia de mi hoguera,
el refulgir del fuego en mi estancia.
Y de nuevo surgió ella, la Luna.
Tan bella como entonces,
con su apacible sonrisa marcada.
Pero no colmó mi alcoba,
borró mi esperanza desvaneciendo todo,
salvo oscuros y tristes recuerdos.
De repente, ocurrió, emergió un rostro
que escapaba de mis ojos y, mi mente,
mi mente divagaba en sus pupilas.
Fue esa cara que debía encontrar,
esa sonrisa perfumada de azahar
bañada en su pureza, de sol y de mar.
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