Dejamos que deslizaran por nuestros labios las palabras que ninguno nos atrevíamos a pronunciar. Tú, encima de mi cuerpo, mirando directamente el alma a través de mis ojos casi cerrados por culpa del sol que brillaba, que nos espiaba receloso por el amor que nos dábamos. Yo, debajo, caliente por tu peso y por las emociones que florecían. Fueron dos palabras, las sabíamos, las conocíamos bien, en varios idiomas incluso, en el tuyo y en el mío. Jamás pensé que fue un error decir esas palabras ese día, en esa situación, como el resto de cosas que han sucedido y que nunca serán errores. De pronto, el vacío que se encontraba a nuestro alrededor, donde solo había arena y mar, se llenó de ti. Y desde ese día no ha vuelto a haber vacío. Sigo lleno de ti.